Ciudad devastada

Ayer se cumplieron cuarenta años del terremoto que sacudió y derribó una gran parte de la ciudad de México. Se trató de un acontecimiento que reconfiguró la existencia de la ciudad y de sus habitantes, que cobró muchas vidas, que nos mostró lo que es la solidaridad frente a la catástrofe. Exactamente 32 años después, otro terremoto causó nuevos estragos. El primero lo viví como niño, aterrado ante las imágenes del televisor y lo que se decía en la radio. Me tocó ver a los que salieron a ayudar, a rescatar gente, a recoger cadáveres, a levantar cascajo. En 2017 me toco salir a apoyar en lo que se pudiera: repartir medicamentos en la bici, recoger cascajo, cocinar para los rescatistas. Se trata de una memoria que uno lleva por siempre en la piel. Quería compartir una crónica que escribí en 2017 acerca de cómo vivimos esos momentos, pero la tecnología me ha jugado una mala pasada y no enuentro el archivo por ningún lado, ni encontré la web que lo publicó originalmente. Pero sí me encontré este poema que escribí en 2005, y que fue la primera vez que pude poner en palabras las emociones de ese momento que, en más de un sentido, cerró mi infancia.

CIUDAD DEVASTADA

Si me dueles no es porque seas invierno,

ni por la lluvia entre mis dedos.

Si me dueles no es por tu geografía desconocida,

ni por la noche o por mis pasos que no son sino ecos.

No me duele ser la herida,

alegre sérpigo que flota ausente e incesante,

último y perpetuo recuerdo de la sangre

que aprendió a correr libre y elevarse.

Si me dueles no es por tu lenguaje

o por las impronunciables palabras

que sólo pueden nacer en tus labios;

palabras que me enseñaron al fin

lo que es la arquitectura.

De ellas el imperio efímero de la arena,

la pesada memoria del granito,

la gloria y el olvido marmóreos.

Lo que sé del mundo vino de tus labios:

el tiempo se gesta en tus comisuras entreabiertas,

el origen en tu aliento, tan mortal,

tan de ciudad y de cenizas, tan de fuego inatrapable.

Si me dueles no es por tu silencio que apenas me dibuja,

que no se reconoce en el espejo

cuando refleja el mundo,

tu silencio que es mi camino a cualquier parte,

la distancia que me obliga,

la meta en sueño y de nuevo en silencio.

Si me dueles no es por las hechicerías,

ni por los venenos de tus cálices,

ante su última gota se elevan las catedrales,

niegan, no sin temblores, aquello que fue sagrado

para luego caerse, ahítas, y ser suelo de nuevo,

vientre que de vida se inflama latente.

Si me dueles no es por las batallas

que he perdido al defenderte,

ni por el viento que me arrastra en tus banderas,

signos apenas de patria secreta. Más bien alas.

Ícaro más allá de los incendios,

lección de vuelo para quien no es ave

o piloto al menos.

No me duelen los héroes victoriosos,

las mil caídas de Troya apenas imaginadas,

las artificiales mareas de la flota enemiga.

No me duelen las noches en que he dormido guerrero

y he despertado con una espada al centro del lecho,

fría sentencia de la vigilia que comienza

y eterna se anuncia,

primera sembradora de los campos de batalla.

Si me dueles no es porque seas lamento,

o llanto, o muerte. Si me dueles

no es porque seas este dolor que he mentido,

o por la soledad de las calles

que jamás han visto mis pasos.

No me dueles por este “temblor de luna en el agua”

que me aqueja. No me dueles Ciudad renaciente,

territorio sin márgenes para las fronteras

que inventó el grafito.

El dolor oprime el pecho a la mañana,

los párpados danzan a su ritmo de nube intermitente.

Una lágrima, de nuevo la primera,

inicia su camino al suelo,

y en su golpe, el derrumbe.

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