Ciudad devastada
Ayer se cumplieron cuarenta años del terremoto que sacudió y derribó una gran parte de la ciudad de México. Se trató de un acontecimiento que reconfiguró la existencia de la ciudad y de sus habitantes, que cobró muchas vidas, que nos mostró lo que es la solidaridad frente a la catástrofe. Exactamente 32 años después, otro terremoto causó nuevos estragos. El primero lo viví como niño, aterrado ante las imágenes del televisor y lo que se decía en la radio. Me tocó ver a los que salieron a ayudar, a rescatar gente, a recoger cadáveres, a levantar cascajo. En 2017 me toco salir a apoyar en lo que se pudiera: repartir medicamentos en la bici, recoger cascajo, cocinar para los rescatistas. Se trata de una memoria que uno lleva por siempre en la piel. Quería compartir una crónica que escribí en 2017 acerca de cómo vivimos esos momentos, pero la tecnología me ha jugado una mala pasada y no enuentro el archivo por ningún lado, ni encontré la web que lo publicó originalmente. Pero sí me encontré este poema que escribí en 2005, y que fue la primera vez que pude poner en palabras las emociones de ese momento que, en más de un sentido, cerró mi infancia.
