JANUCÁ BLUES


Entre el tribalismo ciego y el odio al otro

Para cualquier persona judía, incluso no religiosa, Janucá es una fiesta asociada a recuerdos felices, más allá del significado “histórico” que se le quiera atribuir. Es la fiesta de los niños y de los regalos, la « Navidad » de los judíos, en cierto modo.
Es también la fiesta de la luz, simbolizada por las velas que disipan las tinieblas.

Es evidente que toda persona, toda comunidad, debería poder celebrar sus fiestas en paz y en el respeto de la convivencia común.
Lo ocurrido en Bondi Beach, en Australia, es triste y lamentable. No hay excusa posible, no hay justificación.

Pero poco importa que un hombre musulmán estuviera dispuesto a sacrificarse para salvar vidas judías —vidas humanas. El caso está cerrado: el terrorismo islámico ha vuelto a golpear. Él es el culpable; la víctima, la comunidad judía. Como para recordarnos que Hamás, responsable del ataque del 7 de octubre de 2023, es una organización “islámica y terrorista, culpable del peor ataque contra los judíos desde el Holocausto”, según los dirigentes sionistas israelíes.

Poco importan, entonces, los cientos de miles de víctimas palestinas que siguieron, así como el diluvio de bombas de una potencia muy superior a las de Hiroshima y Nagasaki. Víctimas civiles, en su inmensa mayoría mujeres y niños. Poco importa la destrucción casi total de las infraestructuras que hacen posible la vida en Gaza: hospitales, escuelas, universidades, comercios, viviendas, e incluso la propia tierra —los campos y huertos que alimentaban a la población—. Poco importan el hambre, el frío y las enfermedades que diezman a esta población civil, privada de sistemas de salud y de medicamentos esenciales: anestesia, quimioterapia, quirófanos. Poco importan los periodistas y el personal sanitario asesinados. Poco importan las torturas y la crueldad infligidas a los más de diez mil prisioneros palestinos.

Y como si todo esto no bastara, tras dos años de masacres, las promesas de solución política, de entrada de ayuda humanitaria y de cese de los bombardeos y ataques del ejército israelí no se han cumplido. En Cisjordania, la limpieza étnica continúa y el cerco se estrecha sobre la población palestina, en la indiferencia —cómplice— de las capitales occidentales y árabes.
Pero no: las víctimas son las comunidades judías. ¡Los culpables, los islamistas terroristas palestinos!

Sin embargo, en Gaza, ¡todos los días son Bondi Beach!.
Todos los días hay muertos.

Palestinians pass along a street surrounded by buildings destroyed during Israeli air and ground operations in the Sheikh Radwan neighborhood, in Gaza City, Tuesday, Dec. 30, 2025. (AP Photo/Abdel Kareem Hana)

Como persona judía comprometida junto a mis compañeros palestinos en la lucha por la justicia y contra el racismo institucional del régimen sionista —que pretende, tras cada atentado, defenderme y defendernos— siento una profunda náusea y una ira fría hacia los dirigentes sionistas y sus cómplices: Macron, Merz y Starmer, así como hacia el payaso trágico de cabellos amarillos que lleva el nombre del pato de mi infancia.

Mi ira se extiende también a los dirigentes de las llamadas “comunidades judías”, que pretenden representar a las poblaciones judías de nuestros países ante las autoridades —representatividad que cuestiono— y que no saben hacer otra cosa que aullar con los lobos sobre el “antisemitismo ancestral musulmán”, como si estuviéramos ante una guerra de religiones. Apelan al tribalismo como otros a la bandera nacional, para descargar la responsabilidad de todos sus males sobre el chivo expiatorio de turno: el musulmán, el árabe, el inmigrante.
Un tribalismo ciego que, necesariamente, pasa por alto siglos de antijudaísmo europeo y cristiano —desde la Iglesia católica hasta Martín Lutero—, así como siglos de convivencia, enriquecimiento mutuo y florecimiento judío en los países del Islam, desde la Andalucía medieval hasta el Imperio otomano. Todo ello hasta que la colonización europea viniera a enturbiar el tablero y a sembrar la discordia entre comunidades bajo el lema de “dividir para reinar”, como Francia hizo en Argelia y en el Líbano.

En esta misma lógica tribal y suicida, el Estado sionista llamado Israel cultiva sin ambigüedades sus relaciones con la extrema derecha internacional. En pleno genocidio, el primer ministro —justamente aborrecido— convocó en Tel Aviv a varios dirigentes de extrema derecha, como Jordan Bardella, que aceptaron gustosos la invitación.
¿Con qué objetivo? Netanyahu e Israel, en nombre de la lucha contra la supuesta barbarie oriental y musulmana tan cara a Herzl, otorgaron su bendición a estos partidos y dirigentes, absolviéndolos del pecado original nazi cometido contra judíos, gitanos, comunistas, homosexuales, testigos de Jehová y otros , y transformándolos así en socios legítimos de la derecha clasica occidental, aptos para gobernar.

Sin embargo algo revelador está ocurriendo hoy en el seno de la coalición MAGA que apoya a Trump: las máscaras caen. Un sector significativo —vinculado a los evangelistas, pero no exclusivamente— proclama que Estados Unidos no debería apoyar a Israel sin condiciones, lo cual es legítimo. Pero este discurso se acompaña también de declaraciones abiertamente antisemitas: la vieja cantinela de que “los judíos controlan el poder con su dinero”.

Otra señal simbólica y preocupante, ligada precisamente a Janucá: durante veinte años, el jefe del gobierno polaco encendía una menorá en memoria de los millones de judíos asesinados en Polonia durante la Segunda Guerra Mundial. Este año, Karol Nawrocki anunció que dejaría de hacerlo “en nombre de valores cristianos que le son más cercanos”.

En definitiva, expulsen lo natural y volverá al galope. Los dirigentes israelíes juegan con fuego al fomentar esta alianza contra natura con la Internacional racista e islamófoba, ignorando deliberadamente que, tarde o temprano, la islamofobia acabará volviéndose contra los judíos. Pronto oiremos decir: “¡ya basta de árabes, ya basta de judíos!”. El autor de estas líneas recuerda, por cierto, que a él ya lo han llamado ambas cosas (tanto moro de m… como judío de m…); nada extraño, siendo el un judío árabe.

¿Y cómo olvidar el silencio ensordecedor de las autoridades religiosas frente al genocidio en curso? Peor aún: cuando algunas han hablado —como el gran rabino sefardí de Israel— ha sido para pronunciar palabras vergonzosas que no reproduciré aquí. A pesar del compromiso creciente de personas y organizaciones judías como Jewish Voice for Peace, la Red Judía Internacional Antisionista (IJAN), Global Jews for Palestine o European Jews for Palestine, y con la excepción importante de comunidades haredíes como Satmar o Neturei Karta —para quienes el Estado sionista es pura idolatría que sustituye el culto a Dios por el del Estado—, la mayoría de las instituciones judías oficiales continúan guardando silencio o manifestando ruidosamente su apoyo a Israel.

En este contexto, al confundir el Estado sionista su política genocida contra los palestinos —vigente desde 1948— con la supuesta defensa de los judíos del mundo entero como ciudadanos potenciales del Estado (ley del retorno de 1950), no resulta sorprendente que individuos o grupos ataquen los símbolos más visibles del judaísmo —las sinagogas— para transmitir su mortal mensaje.


Nada de esto excusa tales actos, pero obliga a plantear la pregunta de quines sont son los verdaderos responsables de esta situación : los dirigentes sionistas, que no solo destruyen la vida palestina, sino que arrojan el descrédito sobre dos mil años de vida judía en la diáspora y sobre innumerables aportes religiosos, artísticos, filosóficos, científicos y políticos a los valores humanistas y a la emancipación de los pueblos, al menos desde Spinoza.

Mañana, dentro de veinte o cincuenta años, nadie sabe cuál será el paisaje geopolítico de Oriente Próximo y del mundo. Todo indica que el desplazamiento del centro de gravedad hacia Asia continuará, reduciendo la influencia de los monoteísmos occidentales, incluido el judaísmo. ¿Qué dirán entonces los historiadores del siglo XXII al estudiar el episodio trágico del genocidio en Palestina, y de Israel, último avatar del colonialismo europeo y del imperialismo estadounidense? Es muy probable que el juicio de la historia será implacable.

Salvo que, tal vez, nuestros gritos de indignación, de cólera y de rebelión sean finalmente escuchados en todo el mundo.

«Nunca más para nadie».

Laurent Cohen